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Emiliano Daniel Guenin: Quiero ser el próximo Defensor del Pueblo.

Soy Emiliano Daniel Guenin y quiero ser el próximo Defensor del Pueblo.
Tengo 36 años de edad y soy un trabajador incansable. Desde los 14 años tuve que aprender a cuidar
no sólo de mí, sino de mi familia.
Soy hijo de una madre soltera sin educación secundaria, con dos hijos a cargo, sin presencia paterna
y me crié en una zona de la ciudad de Buenos Aires donde la humildad del trabajador se cruzaba con
la violencia diaria y la miseria económica.
Mientras me educaba, tuve que tomar la difícil decisión de salir a trabajar a la par de mi madre. Mi
primer empleo, repito, a los 14 años, fue en la cocina junto a la guía de una de mis tías. Esa primera
experiencia marcó mi futuro como chef, pero antes de llegar ahí, tuve que conocer mucho más de la
vida.
Aprendí del miedo de cruzar una plaza y ser asaltado por un walkman. Aprendí del miedo de andar
por primera vez en bicicleta nueva y ser atropellado. Aprendí del cansancio de ir al colegio de noche
y trabajar de día.
Cuando terminé el secundario, nadie estuvo en mi graduación. No hubo viaje de egresados. Mi
mamá trabajaba de noche, toda la noche, en una fábrica ensobradora. Mi hermana era 7 años
menor que yo y mi abuela enferma la cuidaba a ella y a mí.
Tampoco estuvieron en mi primera obra de teatro. No había espacio más que para trabajar, ir a la
escuela y sobrevivir.
Pero este no es un discurso para dar pena. No lo es. Sino para explicar por qué quiero ser el
Defensor del Pueblo de esta ciudad.
Mi historia no es un cuento de hadas. Después de mi enamoramiento con la cocina, tuve que
trabajar de lo que sea. Así aprendí a ser metalúrgico, mozo, empleado de comercio, vendedor y
hasta empleado en una obra en construcción.
En todos mis trabajos luché por avanzar y también por ayudar a los que estaban a mi alrededor. En
mi pequeño ecosistema laboral. En la metalúrgica, con mi vehemencia de adolescente, desperté a
mis compañeros para que se adhirieran a un sindicato. Las condiciones de trabajo eran deplorables,
pero nunca luché contra mis patrones. Dialogué. Siempre dialogué.
Cuando aprendí a ser peón de construcción, aprendí desde abajo. No sabía absolutamente nada del
tema. Tuve un maestro, un guía, y humildemente aprendí hasta animarme a ser quien dirigiera la
obra.
En el rubro gastronómico hice carrera. Estudié algunos años del terciario y no pude aguantarme las
ganas de trabajar. Empecé como ayudante de cocina, luego pasé a ser el chef suplente. Tiempo
después pude ser chef principal en varios restaurantes de esta ciudad. Cuando mi cuerpo y mi edad
comenzaron a sentir el cansancio (el horario gastronómico no es para cualquiera) me esforcé más y
pude ser encargado en otro par de restaurantes. Ese es mi puesto laboral hoy.
Pero… soy mucho más que trabajo y esfuerzo.
También soy cultura. No soy erudito, ni lector de sendos libros, ni universitario consagrado. Pero soy
cultura. Hace unos años me anoté en un curso de teatro. Una forma agradable de desestresarme del
mundo de la gastronomía. Y ahí descubrí otra pasión. Empecé siendo estudiante de un curso casi
desconocido. Ensayamos obra durante un año, el profesor de teatro me dio confianza y comenzó
apoyarse en mí. Luego, por problemas personales se retiró de la obra, y quedé a cargo de la

dirección y producción. No llenamos el Teatro La Baita, pero logramos una concurrencia de casi 200
personas en menos de diez días de trabajo arduo y en equipo.
Siempre en equipo. Solo no podría haber logrado nada.
También soy deporte. Entre los descansos del horario cortado comercial, en los años en que fui
vendedor en un rental de ski frente al Cerro Otto, veía niños pequeños jugando al fútbol sin ningún
adulto responsable que los cuidara. Era el típico potrero, improvisado. Sin ser profesor, pero sí un
amante del deporte, me ofrecí para guiarlos en esas horas de descanso.
Así fue como nació mi pasión como el profe de la escuelita de fútbol. Lo hice ad honorem y cuando
tuve más estructura, logramos tener una cuota social no obligatoria, en la que los padres que podían
cooperaban y los que no, eran ayudados. Nadie quedaba excluido. Porque el deporte es salud, pero
también es juego, y ambos son derechos humanos reconocidos internacionalmente.
También, el arte y el deporte son mundos que sacan a los chicos de las drogas, o al menos los alejan
por un rato. Les dan imaginación, coordinación física, pensamiento rápido. Da sensación de grupo,
amistades, sentido de equipo y de solidaridad.
Mientras están conmigo, se olvidan de la dura realidad que viven en la escuela o en la casa. Y
también, se une a una causa.
La Escuelita de Fútbol San Lorenzo Bariloche nos dio a todos la oportunidad de ayudar a la sociedad.
Ya antes hacíamos tareas personales, individuales, que quedaban cortas en nuestra familia. Ayudas
al Hospital en el área de pediatría, y cosas similares. Pero con la Escuelita logramos llegar a un poco
más de gente.
Pudimos conocer la realidad de la Línea Sur, hacerles llegar donaciones de alimentos, ropa, calzado.
Pero sobre todo, pudimos darnos cuenta de que lo de verdad necesitan es comida para sus animales
en invierno. Leña y calor para sus viviendas. Eso es lo que en verdad los mata. La miseria y el no
poder salir para ningún lado a buscar los fardos para el ganado. No pueden salir con el hacha a
cortar un arbol seco. No hay. En kilómetros a la redonda, simplemente no hay.
Por eso hicimos más campañas. Algunas más exitosas que otras. Pero siempre con la vista puesta en
la asistencia social y el diálogo con el otro. Con el ciudadano común, el que se esfuerza todos los
días, a veces hasta llorar de cansancio o de dolor.
Y estas experiencias son las que marcan mis pasos. Y ser Defensor del Pueblo no va a ser la
excepción.
Me guían 3 o 4 aptitudes e ideales, que para mí mueven el mundo y cambian cabezas y estructuras.
Compromiso, para no desfallecer en el intento.
Diálogo para no desconectarme de las necesidades del ciudadano trabajador y de aquel que no tiene
nada de donde aferrarse.
Cooperación y colaboración, para que ese diálogo también sea con las instituciones, asociaciones y
organizaciones, con el fin de ser un canal de comunicación para la concreción de programas, ideas y
acciones que realmente ayuden a nuestros ciudadanos.
Entonces, esa es mi dirección: el trabajo coordinado y cooperativo, cargado de compromiso, para
dialogar y accionar de la mano de las instituciones y organizaciones pertinentes, en la asistencia de la ciudadania.

La Defensoría del Pueblo en la ciudad de Bariloche es un órgano relativamente nuevo, por lo que
está lleno de oportunidades para mejorar, crecer y expandirse. Pero también, está lo
suficientemente sólida como para tener una base de donde comenzar a trabajar.
Eso es gracias a las autoridades que le dieron forma y atención, y a los Defensores del Pueblo que
fueron democráticamente elegidos por este Municipio y este honorable Consejo.
Dicho esto, voy a pasar a explicar cómo mi dirección (la del trabajo coordinado, cooperativo,
comprometido y abierto al diálogo) se puede concretar en proyectos innovadores pero también que
consoliden el trabajo que ya se está realizando. Asimismo, reimpulsar ideas que han quedado
paralizadas pero que son extremadamente necesarias.
Mis ideas se basan en las principales tareas que tiene un Defensor del Pueblo, desde mi punto de
vista, que es el de un hombre común que conoce la miseria y también el triunfo.
El hombre y la mujer que viven el día a día en nuestra ciudad ven al Estado Municipal y a sus
organismos, como engranajes de una máquina gigante de poder al cual no pueden acceder cuando
necesitan ayuda.
Desde hace años el Estado y sus dependencias intentan volverse más cercanos al habitante de su
ciudad. Para eso se han desarrollado todo tipo de herramientas de comunicación, información y
accesibilidad. Sin embargo, la sensación de que “nadie nos escucha” sigue vigente. Parece una ley
que no logramos derogar.
La sordera del Estado pareciera ser permanente para el ciudadano común. Aun cuando en realidad,
no es así. Difícil es explicar la falta de recursos, la falta de tiempo, la sobresaturación de trámites y
causas, la desproporcionada cantidad de empleados enfrentando la inmensa cantidad de reclamos y
denuncias.
Sin embargo, creo que aun con los materiales y las herramientas que tenemos, podemos mejorar y
acercarnos un poco más.
Es así que traté de dividir mis ideas de proyectos en dos grandes objetivos: Prevenir y Reparar.
Prevenir.

La coordinación con el Ministerio de Derechos Humanos y Asistencia Social (MDHyAS), para
la asistencia de aquellos individuos que se encuentren en situaciones de vulnerabilidad
extrema, como son las víctimas de violencia familiar, las personas desempleadas, los
habitantes de la Línea Sur, los pueblos originarios.

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