
Hay emociones que no se pueden explicar únicamente con palabras; hay que sentir la nieve fresca crujir bajo las tablas, escuchar las risas rebotando en los picos y ver las caras de pura felicidad de nuestros chicos y chicas al ganar la pendiente (muchas veces, por primera vez). Este fin de semana no fue un fin de semana más: fue la última gran bajada de la temporada de esquí para la Escuela Municipal de Montaña, una experiencia colectiva que nos infla el pecho de orgullo y nos demuestra, una vez más, de qué está hecha la identidad barilochense.

La magia, como en todas las grandes epopeyas, empezaba bien temprano en la mañana. Cuando la montaña apenas comenzaba a despertarse y el frío andino apretaba en la cara, el refugio que la Municipalidad posee en las bases del Cerro Catedral ya se transformaba en un verdadero hervidero de ideas, entusiasmo y pasión.

Allí, mate en mano y con la vocación a flor de piel, el equipo de profesores y coordinadores diagramaba el mapa del día. ¿Qué pistas se iban a pisar? ¿Cómo venía la calidad de la nieve? ¿Qué desafíos técnicos se proponían para cada tramo? Todo quedaba milimétricamente organizado antes del gran desembarco.

Y es que cada grupo tiene su propia mística, su propio ritmo y esa personalidad tan única que le dan los propios chicos. Los Huemules, los Pudúes, los Martín Pescador y los Monitos del Monte no son simplemente nombres de grupos de trabajo: son verdaderas familias que compartieron jornadas enteras de superación, aprendizaje y risas.

La llegada de los chicos y chicas al refugio encendía definitivamente la mecha de lo que iba a ocurrir. De pronto, el silencio de la cordillera se tapaba con el bullicio hermoso del encuentro, las charlas aceleradas, los abrazos enfrascados en camperas de abrigo y ese cosquilleo en la panza por volver a subir a la montaña.

Ese primer momento en el refugio siempre tuvo un encanto particular. Entre chistes y risas, llegaba el ritual de calzarse las botas de esquí —esa maniobra siempre épica y desafiante—, el reparto ordenado de los pases y el control riguroso de cascos y tablas para que nadie dejara un solo detalle al azar.
Allí mismo, rodeados de ese calor humano tan único, los profes -con la experiencia de quienes aman lo que hacen- impartían las indicaciones técnicas para el día, repasaban las pautas de comportamiento en pista y, sobre todas las cosas, reforzaban las medidas de seguridad que son el pilar fundamental de la actividad.

Y entonces sí, ¡a volar! Cada grupo, encabezado por su profe, encaraba hacia los medios de elevación para ganar altura y adentrarse en la inmensidad del Catedral. Ver la marea de peques y jóvenes barilochenses serpentear por las pistas del centro de esquí más importante de Sudamérica es una postal que pone la piel de gallina.

Durante horas, la montaña fue un patio de juegos gigante donde no solo se aprendió a hacer “la cuña”, clavar los cantos o perfeccionar el paralelismo. Se aprendió a perderle el miedo a la pendiente, a levantarse con una sonrisa después de una caída y a festejar cada logro individual como una victoria colectiva.

Pero la jornada de la Escuela Municipal de Montaña no terminaba con la última bajada. Cuando las piernas pedían un descanso y el sol empezaba a caer, el refugio volvía a abrir sus puertas para la mejor parte del día: el momento de la merienda compartida.

Entre mates, tazas humeantes de chocolate o té caliente, facturas, alfajores y galletitas, llegaba el tan esperado premio. Mientras las botas finalmente se aflojaban y los pies liberados volvían a la vida, las anécdotas de las pistas comenzaban a volar de mesa en mesa en una ronda interminable de camaradería.

Ese espacio de encuentro y guardado de equipos encierra el verdadero corazón del programa. Es ahí donde se tejen las amistades verdaderas, esas que nacen en la infancia entre guantes húmedos y mejillas rojas, y que terminan durando para toda la vida.

Detrás de toda esta logística impecable hay un trabajo gigante que merece ser aplaudido de pie. La Secretaría de Deportes de la Municipalidad de San Carlos de Bariloche viene demostrando un compromiso absoluto para que el deporte de montaña no sea un privilegio de pocos, sino un derecho garantizado para todos los chicos de nuestros barrios.

El trabajo cotidiano de los profesores y del personal de la Secretaría es, sencillamente, de otro planeta. Con una paciencia infinita, un profesionalismo enorme y un amor contagiante por la naturaleza, no solo enseñan a esquiar: forman buenas personas y transmiten una pasión profunda por nuestro entorno.

A través de la Escuela Municipal de Montaña, la Municipalidad permite que nuestros pibes y pibas crezcan mirando a la cordillera no como un paisaje lejano tras una ventana, sino como su propio hogar. Se fomenta desde muy chicos el espíritu de montaña: el respeto sagrado por el medio ambiente, la prudencia frente al clima y el cuidado mutuo entre compañeros.

Vivir en un entorno privilegiado como el de Bariloche cobra un sentido completo cuando la gestión pública abre estas puertas. Gracias a este programa, cientos de deportistas comunitarios acceden a instalaciones de primer nivel, equipamiento adecuado y entrenamiento técnico en el corazón de los Andes.

Y si pensabas que esto terminaba acá, ¡te equivocás! Porque la Escuela Municipal de Montaña no se toma vacaciones: su pulso late fuerte durante los doce meses del año. Se cierra una etapa hermosa sobre la nieve, pero la montaña ya nos está esperando con sus colores de primavera y verano.

Primero, como corresponde, se viene la gran fiesta. Este sábado 10 de octubre la cita será en el Centro Social, Cultural y Deportivo Nº 4 “Alborada” (Diagonal Gutiérrez y Castex), donde toda la familia de la Escuela se va a juntar a celebrar, bailar, recordar los mejores momentos del invierno y tirar la casa por la ventana.

Y al fin de semana siguiente… ¡a atarse bien los cordones! Porque se arranca de inmediato con las caminatas para empezar a explorar los senderos de nuestra región, a las que muy pronto se irán sumando las salidas de trekking, la práctica de palestra para desafiar los límites, las inolvidables bicicleteadas por nuestros bosques y los infaltables campamentos.

El invierno 2026 nos deja una huella imborrable, pero la aventura no se detiene jamás. ¡Desde la Secretaría de Deportes se agradece a las familias por confiar y, sobre todo, a los chicos y chicas por demostrarnos que el espíritu de la montaña está más vivo que nunca! ¡Nos vemos en los senderos!























