Con una geografía desafiante, nuestra ciudad está resolviendo al fin una falta seria de infraestructura de conexión, tanto vial como peatonal. El abanico de magnitud es amplio: desde el nuevo puente doble carril del río Ñireco hasta escaleras urbanas que ayudan a superar desniveles entre barrios.

A veces la realidad presenta simbolismos interesantes: que una ciudad necesite puentes y escaleras puede tener tanto un sentido literal como metafórico. En el caso de San Carlos de Bariloche, en paralelo a un fuerte impulso de políticas públicas de “puentes” comunitarios y “escaleras” de crecimiento productivo, el Municipio debió ser más literal que nunca: la ciudad requería de obras públicas concretas que resolvieran el problema estructural de la falta de conectividad a pequeña y gran escala.
Bariloche, anclada a los pies de la cordillera y atravesada por cerros, ríos y bardas, fue creciendo demográficamente a un nivel explosivo en las últimas décadas, y la infraestructura quedó rápidamente obsoleta. Puentes que de repente multiplicaron su carga vehicular por 10, barrios que surgían en sitios no planificados y cuyos vecinos debían dar grandes rodeos para sortear obstáculos y desniveles con el sencillo objetivo de llegar a la parada del colectivo























